jueves, 4 de abril de 2013

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ARLES


La autoridad en Arles, ataviada a la usanza de la película La Cinta Blanca de Haneke
Hay toda una revolución en la opinión taurina a raíz de los hechos sucedidos en esta pascua. Por el revuelo, pareciera que los taurinos del mundo descubrieran apenas hoy qué es un tercio de varas, y una feria exitosa pero sin figuras; la consternación es entendible, si se tiene en cuenta que el 60% de los carteles en el 2011 estaban configurados con figuras, y 2 de cada 3 toros lidiados eran de encaste Domecq, según cifras de la comisión taurina en España.

Todo a raíz de la transmisión de la feria de pascua en Arles, Francia, donde sin excepción, los toros fueron mínimo 3 veces al caballo en el tercio de varas, el público fue serio, asistió, y los toros tenían una presentación impecable, y se vio tauromaquia en toda la extensión. Pues bien, una cosa es que un toro vaya a regañadientes dentro de la lidia al caballo, y otra que se le ponga con exactitud para lucirlo, dejarlo arrancar y ante todo, picarlo bien. El público francés es frío, solo expresa su emoción cuando un toro se arranca al caballo y embiste metiendo riñones; pero pronto un BUU ranciniano explota si el picador viola la perfección, barrenando, haciendo la carioca, y ante todo, poniendo mal el palo. Todo es hermoso y cierto, como en un poema.

Nuestra reacción con la pureza en el tercio de varas semeja a la de Jose Morente cuando ve una faena de El Juli y Manzanares, o sea, algo más o menos así: 

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Bien, Arles cobra su relevancia por ser plaza de primera, y estar contenida en el halo oscuro de un anfiteatro romano, pero allí de cualquier manera hace años El Juli indultó a Pasión de Garcigrande, y no debe considerarse que la Francia profunda y torista es Arles, aunque, insisto, lo visto en Pascua fue realmente maravilloso, e incluso compartiremos una faena al final; pero no olvidemos, ¿acaso olvidamos lo que lidiaron Castella y Bautista en mano a mano? ¿Las dos orejas a Padilla mientras le ninguneaban un pedazo de faena a Fandiño? Recabar en estos detalles da cuenta del estado miserable en el que nos encontramos, ¡con qué tan poco nos conformamos! Arles simplemente contiene las claves aceptables, mínimas y de rigor, o sea, se supone que en todo el mundo la Fiesta de los toros debe ser eso: el toro debe ser bravo y presentado; como es bravo, lo será en los 3 tercios, incluido el primero, donde su bravura halla una expresión tan importante como en la muleta. El público no debe ir a divertirse, asiste a un ritual milenario, complicado en sus claves y de difícil comprensión (de ahí el rechazo de la sociedad superficial), y por ello, debe hacer como el coro de una tragedia, siendo un severo espectador de los hechos y vendiendo cara su conexión con la emoción. Etc.
Tan degradada tenemos la corrida en muchos sitios, que apenas esta se nos presenta con la cara de lo que debe ser una corrida de toros, nos sentimos en un oasis.

Par de banderillas de Escribano a un Yonnet en Aignan hace algunos días: plaza llena, toro-toro, y esta demostración de la saludable influencia de El Fandi, desgraciadamente desatendida por Escribano, que se empeña en banderillear bien y dándole la ventaja al toro-toro, en lugar de dejar pasar al toro y clavar con una pistola. Desde ya, vaticino la puerta del príncipe (en minúscula) para El Fandi.

Algún aficionado de Madrid se quejó, y con razón, de los comentarios del fenicio tinturado durante las transmisiones del Plus, que hacía el paro como si nunca en su vida hubiera visto un tercio de varas de 4 entradas al caballo, como si no hubiera el fenicio televisado corridas concurso en Zaragoza, con toros tan importantes como Farolero de Prieto de la Cal (6 veces al caballo), Maquinista de Victorino Martín (5 veces) o Herbolario de Cuadri (4 veces).

el fragor en Céret
Si alguien quiere ver exacerbado el torismo, baste con verse la feria de Céret en Francia, donde han desfilado desde los Sánchez Fabres hasta el Coimbra, y el público ha visto Santacolomas de diferentes líneas (no solo la mixtura de Albaserrada o la línea Buendía), saben qué es Coruche, y son tan entendidos que pitan cuando el torero pretende aliviarse con un pase circular, pues entienden de artificios y valoran los euros que pagaron para llenar la plaza. Allí, en la plaza más seria del mundo (y la más humilde) se puede ver el toreo en su expresión más pura, y es como un paraíso perdido. Por supuesto que jamás van a televisar esa feria, esa sí que provocaría un terremoto, pues veríamos nuestras miserias por contraste.

La Fiesta puede y debe ser más profunda, y hay que agradecer a las felices circunstancias que nos llevaron a volver a Arles un producto masivo que ha hecho reaccionar, con algunos destellos, la mente aletargada de muchos, que ya pueden contrastar la mentira oficial de los medios (“presentada corrida de Cebada Gago, pero no para torearla”-Mundotoro) con la realidad.



Lo prometido: quiero resaltar este buen Victorino que le tocó en suerte a Castaño y su cuadrilla. El toro era encastado, y ha pasado desapercibido para la crítica; encastado por cuanto fijo, repetidor y fiero, aunque no iba con claridad sobre un pitón, nunca jamás mejor dicho. Lo increíble fue la lidia (esta sí auténtica) que se le dio. Picar a caballo según las reglas válidas a inicios del Siglo XVIII, cuando el caballero iba en ocaso para dejar paso a los matadores de a pie, pero su labor era fundamental, quizá pueda evocarse con esta lidia de vara: es un hermosísimo juego de terrenos en los que el caballero debe aunar la precisión  del terreno y el cite; lo que se hace hoy es aguardar en un mismo sitio, en postrimerías de la raya de picar, y encelar con la voz y gritar, y eso en el mejor de los casos, pues prácticamente el torero deja al toro puesto en la barriga del caballo para evitarse todo esto de citar, cuadrar y picar; el caballero, en especial en las últimas varas, entiende que el toro ha de ser toreado con el pecho del caballo, y que esta operación siempre ha de implicar un reto a los terrenos; aunque para algunos pueda ser desesperante ver al caballo ligero ir y venir en busca de lograr la embestida del toro, a mí me recuerda una sabiduría antigua, sustentada en la bravura, preciosista y caballera; hay que llegar al punto en el que se tiene el terreno preciso, y se alza más la voz y alza el palo, y el toro arranca; entonces el grito del caballero, su vara y la embestida del toro, son una misma cosa: lidia. Luego de provocar la arrancada cada vara en un terreno más complicado que el anterior, el momento de la reunión es puro y hermoso: le hecha el palo y este cae, más que para herir, para defender la cabalgadura, con lo que antes que el pitón del toro toque el peto, las cuerdas ya están en sus carnes, y el picador sostiene el palo (ojalá sin otro movimiento) con la fuerza del caballo, no la de su brazo. Luego vino otro momento: el tercio de banderillas; un Adalid en maestro, y un revelador Sánchez Martín, que no se conforman con la mexicanizada y fandilizada manera de poner rehiletes. Sobretodo Sánchez, que por sus patillas me recordó al torero decimonónico, y por su ejecución a Montoliú hasta el punto de hacerme sentir como Morente viendo a El Juli: ir con gracia caminando hacia el terreno del toro, arrancar con él y sacar el par de abajo, cuadrando en la cara, poniendo en lo alto y ante todo, saliendo caminando, de manera garbosa y torera; PEDAZO DE TORERO! 11 minutos de gloria! Luego Castaño hace lo que El Juli: retorcer el cuerpo de manera antinatural, tener la precaución del fuera de cacho y el perfil, y tener muchas reservas, con lo que la faena nunca toma vuelo, salvo que El Juli tiene empaque, empresario, puesta en escena, y tiene prensa.